Cuando la sombra de la roca dejó de protegerle, el sol le dio en la cara, y gruesas gotas de sudor corrieron por su frente, abrió los ojos y, sin moverse, miró a su alrededor.
Había dormido sin hacer un solo gesto, ni mover un solo gramo de la arena que cubría, insensible al calor, las moscas, e incluso el lagarto que en un momento determinado corrió sobre su rostro, y que, verde y blanco, estaba allí, a menos de un metro de la nariz, erguido sobre la roca, observándole con sus ojillos redondos, oscuros y saltones, desconfiado de aquel desconocido animal, sólo ojos, nariz y boca que había invadido sus dominios.
Publicado por Maruja.